Visitas al “Museo Nacional de Artes Visuales” por parte de los niños de cuatro años Es un día lluvioso y veinte niños con su maestra, ayudante y directora emprendemos un paseo. Aunque son sólo unas cuadras decidimos ir en camioneta. Vamos al “museo del barrio”. Previamente hemos conversamos ¿saben qué es un museo? Existen ideas y experiencias previas ya que muchos niños han concurrido con sus padres o abuelos a visitar algún museo en el Día del Patrimonio o en otras circunstancias. Otros niños no tienen idea. Les contamos que en el que vamos a visitar se encuentran expuestas muchas producciones plásticas de artistas uruguayos; en general son pinturas. Conversamos sobre las reglas de los museos con sus visitantes a los efectos de preservar las obras y permitir que todos disfruten tranquilamente de ese maravilloso espacio. Realizamos un “contrato” con los niños. Se acuerda el espacio en el que podrán explorar (límites físicos), las formas de comportamiento adecuadas (el hablar y caminar muy suavemente) y algo fundamental, las obras no se pueden tocar ya que con el tiempo se dañarían. Dentro de esos parámetros –necesarios- podrán desenvolverse libremente, recorrer y detenerse en lo que deseen. Sobre el tiempo a utilizar realmente nosotros no lo podemos definir (calculamos veinte minutos, tal vez media hora ... lo determinarán los propios niños) Llegamos...Hay mucha expectativa y emoción. El lugar es inmenso, llama la atención el edificio, su entrada con un entorno en el que se encuentran esculturas y otros objetos interesantes; los dejaremos para después de la recorrida por el interior del museo si llegado ese momento persiste el interés y las preguntas que están manifestando los niños. Al entrar impresionan la amplitud de los espacios, la iluminación, el ambiente deslumbrante. Los tres adultos nos distribuimos en zonas distintas en las dos grandes salas de la planta baja (espacio acordado). De esta forma podremos observar el cumplimiento de las reglas y responder a preguntas o comentar en forma personalizada. Ni bien entramos, se conforma una “multitud”; unos quince niños se encuentran frente a un cuadro de grandes dimensiones y durante varios minutos permanecen como“hipnotizados”, se los ve impresionados comentando entre ellos. No nos sorprenden, es “La Fiebre Amarilla” de Blanes. Debemos responder preguntas, muchas preguntas. Este es el comienzo del viaje, los cuadros “parecen fotos”. Luego la recorrida será por diferentes estilos y épocas. Debo conversar con una cuidadora que cuando comienza el recorrido observamos se inquietó de que salieran “solos”; me dirijo a ella a explicarle qué vamos a hacer, le digo que ya lo hemos realizado en otras oportunidades, que no se preocupe. Una maestra había dicho “yo creía que no los iban a dejar”. Por suerte sí los dejaron. A partir de allí la mayoría de los niños se desplazan en pequeños grupos de dos o máximo tres. Algunos se aventuran solos, interactuando en forma intermitente con otros niños. Disfrutan su libertad y se mueven por la gran sala respetando todo lo establecido. Sorprenden a otros visitantes del museo, a otros adultos que los observan. (Dos de los veinte niños en los primeros minutos patinan y se tiran al suelo. Lamentablemente se pierden mucho tiempo de la visita ya que no han cumplido lo acordado. Sin protestar se sientan en la entrada mientras ven largo rato a sus compañeros explorando las obras y espacios. En los últimos minutos les ofrezco la oportunidad de no perderse aunque sea un poco. Agradecidos salen a recorrer y realmente lo hacen muy bien.) El tiempo vuela y hemos tenido que subir -a pedido de los niños- a la planta alta. Un profesor de secundaria está dando clase a sus alumnos. Los nuestros no se dejan notar, no perturban en absoluto la actividad. Sorprende el interés de muchos por algunas pinturas de carácter abstracto y basadas en formas geométricas. Ante la consigna sugerida de “a ver cuales son tus dos preferidas”, casi todos se interesan muchísimo en mostrarnos sus elecciones, varios deciden “ver bien” antes de elegir, recorrer nuevamente para asegurarse. Se ven parejas o grupos comentando bajito y llevándose entre ellos a mirar, a mostrarse mutuamente sus preferencias. Se nos acercan, nos hacen señas llamándonos. Hoy, la mayoría se ha inclinado por Torres García y Amalia Nieto, más que por Cúneo y sus lunas u otros pintores que exponen en la planta alta del museo. Entre anécdotas, comentarios y respuestas se ha ido mucho más tiempo del pensado. Es hora de regresar. Antes de salir ... nuevamente los veinte frente a “la Fiebre Amarilla” ¡era de esperar!. Una vez afuera accedemos a observar las esculturas del patio del museo y el mural en granito de Torres García. Descubro en el entorno muchas cosas en las que yo no había reparado. Regresaremos a la escuela pero prometemos volver. Han pasado algunos días (unas dos semanas) y la bibliotecóloga de la escuela, Ana de Souza, me habla sorprendida: -Martha, te quiero contar. Vinieron niños de cuatro años a pedirme para ver libros de pintores. Me sorprende cómo han relacionado las obras de los libros con las que han visto en el Museo, cómo se han acordado. Algunos niños me decían ¿tenés un libro de Torres García? ¿tenés de Blanes? ¿tenés el de las lunas?. Nunca me había pasado ¡niños de cuatro años! se acordaban de nombres de pintores que a veces ni los grandes!. Lamentablemente cuando la inundación de nuestra biblioteca perdí mucho material ... pero voy a tener que comprar más.
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