
El portón se abre y ahí están. Con sol, con lluvia, aún de noche o ya en la primavera soleada, entre caras de sueño y algún mate que pasa de mano en mano, comenzando la jornada con el clásico Buen día a los que van llegando.
A lo largo de los años, entendí el sentido del ritual de esta bienvenida. Estos gestos de recibirlos y mirarlos desde el inicio de la jornada, son una forma de cuidar, acompañar y comprometerse. Con el fin de promover la libertad interior, fomentar las relaciones fraternas es el principal vehículo para que haya aprendizaje. Crear un entorno de respeto, confianza y empatía, también son formas de primar la responsabilidad colectiva.

Atraviesan el Latino, caminando o trotando con objetivos distintos: pasar por los grupos a ver quién faltó, recibir alguna familia o calentar agua para el mate.
Si es lunes o martes, el equipo se reúne para coordinar, proyectar las actividades e intercambiar miradas sobre situaciones, junto a la Dirección.

Se hace muy difícil verlos sostener las reuniones de principio a fin sin interrupciones. Uno se levanta para atender el teléfono, otro se acerca a un estudiante que abrió la puerta, entra un docente que precisa una fotocopia.
Suena el timbre que anuncia el primero de los cuatro recreos que habrá durante la jornada, uno de esos momentos donde se da el encuentro de la comunidad en el patio. Veo movimiento en la zona del ping pong, alguna pelota que pica en la cancha, manos que salen de la cantina con algo rico para comer. Se ven a los profesores caminando por el patio, interactuando con estudiantes, alguno acercándose a algún adscripto comunicando situaciones sucedidas en la jornada. Momento propicio para desarrollar la convivencia, buscando armonía desde el límite y el disfrute.

Entrada la mañana es muy difícil encontrar a los seis en la adscripción, ya sea porque están trabajando en un grupo, tienen alguna entrevista, hay alguna salida didáctica, o se generó un intercambio con algún docente o estudiante.

Veo a uno buscando un lugar en el patio, uno de esos tantos bancos que lo decoran, para mantener una charla importante con algún estudiante, imagen repetida a lo largo de los años. La escucha es en ellos una tarea primordial, aprendida y trasmitida de generación en generación.

Acompañar la etapa adolescente los desafía todos los días. Sería muy difícil explicar todo lo que veo, ese trabajo de hormiga intangible que es complicado definir. Es lo administrativo, el seguimiento de lo curricular, el acompañamiento de las familias en comunicación constante a través del celular, pero sobre todo, estar en el camino juntos, acompañando esas emociones que afloran y explotan en su máxima expresión en esta etapa.
El rol implica cuestionarse constantemente y decidir cuándo y cómo intervenir, dejando en pausa otras cuestiones que deberán retomarse luego.

No es un trabajo solitario, por suerte, en diferentes horarios estipulados los veo reunirse con el equipo técnico para organizar intervenciones y planificar aspectos de cada nivel.

De la misma manera, los lunes en la noche, o los sábados en la mañana tienen la oportunidad de coordinar junto a todo el equipo docente que acompaña el trayecto de los estudiantes.
A veces los siento cansados, entusiasmados o frustrados, es que la resolución de conflictos es algo intrínseco al rol, donde existe tensión entre el compromiso afectivo y el profesional. Muchas veces aprenden a través del error, y toman los conflictos como oportunidad para afianzarse y crecer.
Son las trece horas, y ahí los veo juntarse nuevamente en la adscripción, algunos con el tupper caliente, otros con la comida que traen de la cantina luego de varios minutos esperando en la fila. Llega el momento esperado. Todos juntos, reunidos, comentando lo sucedido. Es parte del ritual. Entre música, risas y chistes, el equipo afloja las tensiones acumuladas en el día y se despide hasta mañana.

En ocasiones me espejo con ellos. Así como , mi follaje se modifica y mis hojas cambian de color según la estación y el clima, veo que en este equipo sucede lo mismo. Acompañar a cada uno a ser libre respecto a sus pensamientos, emociones y acciones, requiere tener la capacidad de reflexionar frente a las influencias del contexto desde un lugar empático y solidario, lo que nuestro fundador llamó Libertad Interior.
El Latino es una comunidad viva que nos desafía. Me imagino a cada una de esas bellotas que caen a mi alrededor, que a futuro enraizarán, brotarán y se desarrollarán en seres libres y críticos que aportarán a la sociedad desde un lugar solidario y sincero.
Pueden ser leyendas, historias o mi propia biología pero hay símbolos que me caracterizan: fuerza, protección, durabilidad, coraje y estabilidad. Con el correr de los años y el crecimiento del Latino encuentro coherencia entre estos adjetivos y la vida de personas que han crecido y pasado por este patio.
Yo vi crecer esta comunidad y espero estar muchos años más para acompañar sus cambios. He entendido, que hay ciertos pilares e ideas que se mantienen y que se van fortaleciendo como mi tronco. También soy testigo de cómo, el paso del tiempo y los nuevos desafíos, van cambiando formas de trabajo y miradas que permiten, al igual que mi follaje, acompasar los años y brotar con nuevas formas y colores.
Estoy en un lugar estratégico. El centro del patio. Lugar que me permite observar, ser cómplice y testigo de los grandes acontecimientos que acá ocurren. La clásica frase «nos juntamos abajo del Roble» lo dice todo.

El Roble
(1) Juan Carlos Carrasco,1997, en un encuentro de docentes de Secundaria.
(2) Carrasco, Juan Carlos. 2006. APORTES para la elaboración de una propuesta educativa (1956-2006), p. 120. Montevideo.
(3) Carrasco, Juan Carlos. 2006. APORTES para la elaboración de una propuesta educativa (1956-2006), p. 120. Montevideo.
Bibliografía
