Con estas palabras andantes de quien sostenía -críticamente- que la educación “nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón”(1), decidí abrir la primera sesión y cerrar la última de este primer semestre del Taller de Participación Juvenil en su segundo año de implementación en el Colegio y Liceo Latinoamericano y a nivel nacional. La elección de este poema no es casual, como no es casual el surgimiento de un taller con estas características en los tiempos en que nos toca vivir.
El Taller de Participación Juvenil es un nuevo espacio curricular que se implementa a nivel nacional en centros de educación media de todo el país a partir de la Transformación Educativa llevada adelante por la ANEP. Más allá de la concordancia o discrepancia que podamos tener como educadores, como estudiantes, como familias o como ciudadanos, con las formas o con los contenidos de esta Transformación, es innegable que el surgimiento de este taller nace de un diagnóstico de la necesidad de brindar a las adolescencias y juventudes un ámbito propicio para su participación.

Ahora bien, ¿de qué hablamos cuando decimos “participación”? Esta palabra nos remite a la cuestión de ser parte, lo que nos lleva a pensar en términos del todo y sus partes. Cuando pienso la participación siempre me remito a esta idea primaria, puesto que, en tanto la educación es un proceso inexorablemente socializador, es necesario aprender a reconocer que cada uno de nosotros es parte de un entramado mayor, sea el núcleo familiar o el grupo de la clase, sea la comunidad educativa o barrial, sea incluso un país, una región o el mundo. El primer acto de participar entonces es el reconocimiento de la individualidad dentro de un colectivo. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿con sólo reconocerme parte ya estoy participando?
El verbo participar nos remite a una acción. El segundo acto de participar implica entonces el involucramiento, la intervención: el tomar parte. Concebir el acto de participar como verbo, como acción, pone de relieve la importancia del ejercicio. Sin embargo, no es la participación algo accesorio de la realidad que podemos elegir practicar o no. Eso me lleva a preguntarme si es concebible la existencia en el mundo sin participar. Tiendo a pensar que no, que no es posible existir, habitar el mundo, sin participar. En la medida en que gran parte de las decisiones que tomamos y también las que no tomamos en nuestra vida tienen incidencia en un otro que es distinto a mí pero que forma parte en algún punto de una misma realidad social, poco margen queda librado a la no participación.

Es por esto que mi rol como educador en el Taller de Participación Juvenil no es enseñar a participar, ni enseñar sobre la participación, sino hacer explícito el hecho de que en efecto tenemos siempre la posibilidad de asumirnos responsables por el mundo que habitamos. Mi rol entonces es el de generar condiciones para que juntos, estudiantes y docente, adolescentes y adulto, asumamos colectivamente la responsabilidad de la toma de decisiones sobre los asuntos que nos afectan.
Esa responsabilidad puede ser entendida como una dimensión de la libertad interior que forma parte de la misión del Latino y que con claridad planteaba su fundador Juan Carlos Carrasco: “esta libertad interna del ser se configura de tal manera, que constituye un estilo de vida, una forma de enfrentarse a la relación con los otros individuos y a la relación con los objetos del mundo circundante”(2).
Ahora, esa inserción en el mundo no es necesariamente una mera adaptación al mundo tal como lo conocemos. También de eso van la libertad y la responsabilidad: la libertad de ser y de formarse un juicio propio, la responsabilidad de analizar la realidad y de tomar decisiones. Al decir del pedagogo Paulo Freire, “el hecho de percibirme en el mundo, con el mundo y con los otros, me pone en una posición ante el mundo que no es la de quien nada tiene que ver con él”(3). De esta forma, lo contrario a la participación, no es la abstención, sino la indiferencia. Carrasco, quien sostenía que la educación es un fenómeno de relación(4), imaginó, diseñó y llevó adelante un proyecto educativo en el que se busca fortalecer “la capacidad para poder percibir la realidad, para poder pensar el mundo que lo rodea a uno con justeza y precisión”(5).
En la medida en que nos posicionamos ante el mundo desde un rol activo, este posicionamiento permite elegir qué aspectos del mundo ya conocido queremos reproducir, modificar o descartar. En tanto participar es reconocernos parte, construir un juicio y utilizar la voz o la enunciación (el decir) y la acción (el hacer) para incidir en el mundo en que nos insertamos, cada individuo, pero por sobre todo cada generación tiene en sus manos un presente amplio, es decir, un presente que aun sabiéndose marcado por condiciones históricas y contextuales, en él caben tantos futuros como puedan imaginarse.
Es por eso que decidí este año comenzar y cerrar el primer semestre del Taller de Participación Juvenil con una reflexión sobre la utopía. Mi intencionalidad con esto no es solamente soñar otro mundo posible, sino encontrar los medios y las herramientas para construir ese mundo. Para esto, en el diseño del Taller, cuatro premisas son básicas:
Sobre el primer punto podemos reconocer que el hecho de que adolescentes tengan derecho(6) a participar también se debe a un cambio de paradigma en nuestro entendimiento de las adolescencias, que fue abriendo paso de un rol pasivo y una imagen devaluada o caricaturizada de este momento vital, a una forma de entender a los adolescentes como sujetos activos, con capacidad de decisión, con creciente autonomía y con la oportunidad de aprender de los límites y los errores. “Promover la participación de adolescentes y jóvenes implica asumir que ellos/as pueden pensar y actuar en términos de procesos, alternativas, conflictos, elaboración de planes y, por lo tanto, intervenir en la gestión de proyectos”(7). En ese sentido, este cambio de paradigma, habilita a mirar el pasado y el futuro también con otros ojos.

Es por eso que en el marco del taller abordamos contenidos como los derechos humanos o las formas de organización social no como dogmas sino como materia producida también en un marco histórico determinado, para poder analizar esa materia y poder decidir sobre el conocimiento, pero también sobre la reflexión crítica. “El quiebre entre lo que es anterior y lo que es nuevo, se da en esta posibilidad de tener libertad de operar con una materia, y hacer de esa materia otra cosa”(8).
Además de hacerlo desde un lugar que habilita la crítica, traemos la materia a la práctica: la ponemos en juego. La dimensión lúdica es la que nos habilita a pensar la materia de forma activa: explorando, probando, ensayando. Y en el juego adquiere mayor relevancia la segunda premisa: la necesidad del colectivo.
El formato de taller nos habilita a romper con la gramática o la forma escolar tradicional. Siempre iniciamos la sesión en ronda, habilitando así una amplitud en la mirada y en la escucha. En palabras de un estudiante: “se trata de un espacio en el que se nos permite opinar y aprender del otro; aportar una mirada sobre lo que nos rodea, con la confianza de que vamos a ser escuchados”. Y es que no hay participación posible sin escucha. No se trata de hacer prevalecer la opinión de quien tiene una voz más fuerte, sino de gestionar respetuosamente el disenso y construir colectivamente el consenso. Por eso cada sesión del taller es en sí misma un diálogo. Freire decía: “es preciso que quien tiene algo que decir sepa, sin duda alguna, que, sin escuchar lo que quien escucha tiene igualmente que decir, termina por agotar su capacidad de decir por mucho haber dicho sin nada o casi nada haber escuchado”(9).
Con respecto a la tercera premisa -la que remite a la escala- quiero destacar que, en medio de una época en la que proliferan mensajes con imperativos sobre la necesidad de cambiar el mundo pero también en una época en la que se vive una fragmentación que cercena o al menos limita el margen de acción que creemos que tenemos para generar cambios, es importante empezar por algo, aunque sea algo pequeño o cercano. Y por eso en el Taller nos ocupamos de asuntos de nuestro entorno, como pueden ser problemáticas vinculadas a la ciudad, al barrio, al colegio o incluso al grupo.

La cuestión de la escala no es solamente conveniente en términos prácticos, en el sentido de la relativamente mayor facilidad con la que se puede llevar adelante un proyecto o una acción en un entorno cercano, sino que también es conceptualmente deseable para mí como promotor de la participación en grupos de adolescentes, que aprendan progresivamente a asumir responsabilidad por aquello que les incumbe de forma más directa.
Por último, nos remitimos a la cuarta premisa: participar es un verbo que se conjuga mejor en el gerundio, en el estar participando. El gerundio podría entenderse más como una actitud que como una acción. En tanto acción, la participación queda acotada a un ámbito específico en un momento dado. En tanto actitud, implica vivir la vida con la apertura suficiente como para mirar al costado y entender que aquello que sucede alrededor mío forma parte del mismo mundo que habito y que, en definitiva, si quiero generar un cambio que sea beneficioso para mí y para el resto, tengo la posibilidad de proponerlo, de escuchar al que tiene algo que decir al respecto y de diseñar juntos un camino posible. Es por esto que entiendo la participación como algo a internalizar, a incorporar en la cotidianeidad, como una forma de habitar el mundo y las relaciones.
En definitiva, el camino que recorremos en el Taller de Participación Juvenil implica: desarrollar la capacidad de los adolescentes de identificar situaciones-problema, es decir, asuntos que los inquietan o afectan; poder analizar el contexto en el que emergen esas situaciones así como sus causas; imaginar, diseñar y, en la medida de lo posible, viabilizar respuestas o soluciones a dichos problemas; y apropiarse o usar de forma responsable y colectiva esa capacidad de movilizarse autónomamente, para que no dependa de que exista un taller así para que puedan ejercer su derecho a participar. Este es el horizonte hacia el que caminamos.
